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Aceptar que vivimos en el tiempo es también aceptar nuestra finitud. Lejos de ser un pensamiento lúgubre, recordar que nuestro tiempo es limitado nos otorga una brújula ética y existencial. Si el tiempo es nuestro bien más escaso, ¿en qué —o en quién— lo estamos invirtiendo?

En un mundo obsesionado con la inmediatez, detenerse a reflexionar sobre nuestra relación con el cronómetro es, quizás, el acto más revolucionario que podemos realizar. El tiempo como percepción, no como medida Vivimos en el tiempo

Aquí está el meollo filosófico del asunto. Podemos vivir en el tiempo (ser arrastrados por él como una hoja por un río) o podemos vivir el tiempo (habitarlo con plena conciencia). Aceptar que vivimos en el tiempo es también

A menudo decimos que "perdemos el tiempo", pero el tiempo no se pierde; lo que perdemos es la vida. Cada decisión que tomamos es, en esencia, un intercambio de una porción de nuestro tiempo por una experiencia, un objeto o una relación. Habitar el tiempo con intención En un mundo obsesionado con la inmediatez, detenerse

La ciencia nos ha dado un giro de tuerca aún más perturbador. Albert Einstein demostró con su teoría de la relatividad que el tiempo no es absoluto. Depende de la velocidad y de la gravedad. Para un fotón que viaja a la velocidad de la luz, el tiempo ni siquiera existe. Para un astronauta en el espacio, el tiempo corre más lento que para su gemelo en la Tierra.

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